Más allá de las paredes



Todo comenzó en las calles de Mocoa, en los alrededores del hospital José María Hernández, entre pasos sencillos y oraciones constantes, comenzó a gestarse una inquietud que marcó al grupo Conexión (Casa de Paz). Mientras caminaban, una pregunta empezó a arder en sus corazones: ¿cómo servir a la comunidad más allá de sus propias paredes? Esta es nuestra historia de servicio en el Putumayo, Colombia.
No fue una idea pasajera, sino un llamado que se afirmó al comprender que el servicio es una expresión viva del amor de Dios. Entonces la oración se volvió específica, persistente, dirigida a una sola petición: que Dios abriera una puerta.
Y la puerta se abrió. De manera inesperada, una hermana desde Barranquilla envió por WhatsApp una circular que informaba que el hospital buscaba voluntarios.
La respuesta llegó con la claridad de lo que había sido orado. Once personas decidieron dar el paso, no desde la emoción, sino desde el compromiso. Se capacitaron con el hospital y también a través del Servicio Nacional de Aprendizaje – SENA, formándose en humanización del servicio. Al colocarse el uniforme, entendieron que estaban allí para servir.
Lo que comenzó como acompañamiento a pacientes se profundizó en un servicio integral. Cada viernes no solo llevan una palabra de consuelo, sino que responden a necesidades reales. Personas provenientes de zonas rurales, sin recursos ni lo básico, encuentran en ellos manos dispuestas. Cuando está en sus posibilidades, gestionan ropa, colchonetas y ayudas para pacientes y acompañantes. Y en los momentos más sensibles, cuando alguien tiene un solo acompañante o ninguno, permanecen, acompañan, cuidan y sostienen.
En medio de esos escenarios silenciosos, comprendieron una verdad: no solo están predicando, sino que están siendo las manos de Jesús.
Dios también abrió puertas con el personal del hospital. A través de espacios sobre empatía y la dimensión espiritual del cuidado, bajo el lema “Servir para sanar”, la Palabra comenzó a sembrarse en sus corazones. Una mujer del equipo, tocada en uno de esos encuentros, aceptó una invitación a la iglesia junto a su hija. Hoy ambas caminan acompañadas en su fe.
Pero Dios no solo abrió puertas institucionales, sino también hogares. En medio del servicio, se reencontraron con una persona de paz que ya había escuchado el evangelio. Esta vez, fue ella quien pidió la visita.
Al llegar a su casa, su familia también estaba allí. Oraron por su madre enferma, compartieron la Palabra y fueron testigos de cómo ese hogar comenzaba a abrirse a Dios. Hoy están en proceso de conectarse a un grupo Conexión cercano, y uno de sus miembros ya ha dado un paso más, asistiendo a un encuentro con Dios.
Así, lo que comenzó como una oración se convirtió en un campo de misión. Porque cuando se sirve con lo que se ha recibido, Dios multiplica: abre puertas, restaura corazones y alcanza hogares enteros.